Un día bordando en la Ecole Lesage

Françoise Lesage, el bordador más famoso de París, fundó en 1992 la Ecole Lesage, en el barrio Montmartre, porque tuvo miedo de que sus conocimientos acumulados durante toda una vida trabajando para la alta costura, murieran con él. Hoy, esta escuela de bordado recibe alumnos de todo el mundo, que mueren por aprender tan precioso oficio.

Lesage heredó el negocio de su familia, quienes en 1924 compraron un taller de bordado ya existente, y con los años hizo crecer el negocio, transformándose en el proveedor de diseñadores como Balenciaga, Dior o Chanel. Los bordados eran una creación conjunta y existen más de 60.000 muestras de fabulosos trabajos archivados en la casa Lesage.

Para mi era un sueño conocer este lugar, por curiosidad y ganas de ver y aprender. Así que me inscribí en el taller más sencillo: “Descubriendo la aguja“.

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La escuela es un edificio de dos pisos ubicado en una calle con bastante movimiento. Sus ventanas son al ácido y para entrar hay que atravesar dos puertas metálicas. Inscribirme no fue fácil, lo hice con dos meses de anticipación y en ese momento los cupos estaban prácticamente llenos.

El ambiente era sobrio y tranquilo, lo cual contrastaba con mi nerviosismo. Casi todo era blanco y no había ruido más que el de algunas voces. Nadie hablaba fuerte, es más… casi nadie hablaba.

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El proyecto que me fue asignado fue el de bordar una fundita para celular. Era la única alumna que ese día cursaría el nivel básico, el resto de las bordadoras llevaban tiempo yendo. Sus trabajos de alta complejidad los habían traído en unos bastidores cuadrados enormes que nunca antes había visto.

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Ellas bordaban con ganchillo un diseño prehecho. El nivel de complejidad de sus trabajos era de otro planeta. Nadie hablaba entre sí, todas estaban concentradísimas, el silencio era parecido al de una iglesia. 

El nombre de mi profesora era Martine, una francesa de 55 años. Debido a mi curiosidad, me contó que bordaba desde los 12 años, pero que se había profesionalizado a los 30. Mientras la observaba me di cuenta que ella tenía una habilidad para agarrar las lentejuelas y mostacillas con la aguja que solo la práctica de décadas te puede dar.

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Durante las primeras tres horas -de las seis que duraba mi curso- trabajé con entusiasmo. A partir de ahí empecé a sentir dolor en la espalda y el cuello, cosa que nunca me había pasado. Lo estaba dando todo para que mi bordado fuera lo más prolijo posible, tuve que deshacer muchas puntadas y pincharme los dedos varias veces; no obstante, me sentía muy feliz.

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La foto es un bodrio, porque está a contraluz, lo siento. Este bordado tardó 30 horas en terminarse y cuesta 1.700 euros.

El día se me pasó volando, pero la experiencia que tuve no la olvidaré nunca. Conocer este arte, su forma de trabajo estricta y disciplinada, enriquecerá mis labores de formas inesperadas.

Al final del día, Ignacio me pasó a buscar y fuimos a comer unos crepes al barrio Saint-Germain-des-Prés. Lo que me gustó mucho: fue la mejor forma de terminar el día, y el curso. Pero si fuera por mi, habría seguido yendo a clases, onda, para siempre. 

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3 comentarios en “Un día bordando en la Ecole Lesage

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