Últimas aventuras: París no se acaba nunca (literal)

Nunca imaginé que la frase de Hemingway, París no se acaba nunca, fuera literal. Estando acá me di cuenta que no es una metáfora nostálgica, es real: los lugares por conocer en la ciudad son infinitos.

A medida que fueron pasando las semanas la temperatura empezó a subir a niveles insospechados. Una tarde hacían 33 grados mientras buscábamos tumbas a pleno sol en un cementerio. Con esta anécdota quiero traspasar mi experiencia, mi sabiduría: no es conveniente venir a París en verano pues las salidas se tornan asfixiantes.

No obstante, a pesar de lo difícil que fueron los días finales (por el calor y el cansancio), quiero gritarle al mundo que lo he visto todo. O todo lo que pude. A continuación, les comento los últimos paseos que realicé junto a Ignacio.


EL PALACIO DE VERSALLES

Elegí la excursión a Versalles para pasar mi cumpleaños ¿Qué mejor que celebrar como María Antonieta? Fue lo que pensé de forma ingenua.

Para llegar hasta allá desde París hay que tomar un tren regional, cosa que hicimos pero en la dirección contraria. Una vez notado el error ¡nos volvimos a equivocar! Por lo que después de una hora, en el tercer intento, recién estábamos en camino a Versalles.

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El calor era intenso, por lo que caminar desde la estación hasta el palacio se sintió como atravesar el desierto. Una vez en el lugar, un parlante nos avisaba a nosotros, el rebaño de turistas, donde se compraban las entradas. Que te recibieran con una voz en altoparlante, fue, por así decirlo, poco elegante.

Estando adentro se tienen dos opciones: visitar los jardines o el palacio. Lo primero es gratis y lo segundo costaba 20 euros. Nosotros quisimos abarcarlo todo (cosa que después notamos era imposible) y empezamos por los jardines.

En ellos, los arboles estaban podados en adorables formas geométricas, el pasto hacía sus propias figuras, habían fuentes y millones de seres humanos con celulares. Al minuto y medio nos dimos cuenta que la explanada era inmensa. Para recorrerla se necesitaba de un esfuerzo descomunal por lo que preguntamos el precio para arrendar un autito de golf. Al escuchar la respuesta desistimos y caminamos de vuelta al palacio.

Una amiga me contó que en las noches de verano lanzan fuegos artificiales en los jardines. Opino que vale la pena ir, si es que vas en auto y con aire acondicionado, con bloqueador solar y una sombrilla, o en su defecto, en otoño.

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El palacio no era lo que imaginé ya que no estaba recreada la vida clasista y extravagante de la época. Sus salones estaban cercados, por lo que los turistas-ovejas transitábamos por un largo pasillo no teniendo más de un par de minutos para estar en cada sala. Era como caminar a la salida de un concierto. Me fue imposible seguir el audioguía ya que no entendía los números que había que apretar y todo era una gran confusión.

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Resumiendo lo que vi: miles de cuadros horribles que retrataban batallas, reyes, príncipes y princesas: uno tras otro, tras otro, tras otro. Vi la pieza de Luis XIV, la de María Antonieta y el Salón de los Espejos.

Si bien estoy contenta de haber vivido la experiencia, no sé si valga la pena ir a Versalles si es que se anda con los días justos en París. En ese caso, opino que ver la película María Antonieta, resulta más provechoso.


DESCUBRIENDO BELLEVILLE

Belleville es un barrio de París que históricamente fue de clase trabajadora. Hoy, este colorido y cosmopolita lugar se gentrificó. Hay gran cantidad de comercio y partes mugrientas se intercalan con restoranes hipsters o tiendas de moda.

Haciendo un paralelo absurdo, Belleville es como el Brooklyn de París y con un aire a Patronato también, ya que habían asiáticos por todos lados, como peatones o atendiendo negocios, y el ambiente era de caos.

Ignacio quería conocer este sector atraído por la calle de los grafitis y yo me entusiasmé por ver algo que no fuera tan turístico.

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La calle Dénoyez, es de adoquines y recorre solo dos cuadras. En ella, todas sus fachadas están tapizadas con grafitis. Con cafeterías y talleres de artistas, en sus veredas hay maceteros decorados con mosaicos, y todo es colorido y desordenado.

En medio de todos esos artes callejeros, nos sentamos un ratito en Le Barbouquin, una cafetería y librería de ocasión, decorada como el living de una persona con mal de diógenes. Era linda y juvenil.

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Después atravesamos el canal Saint Martin, donde las personas a orillas del agua verde hacían picnics y tomaban cerveza. No sé, me imaginé que en cualquier momento podría aparecer un ratón cosa que nunca sucedió. Los parisinos se veían dichosos esa tarde de verano.

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Para terminar nuestra excursión fuimos a Le Comptoir Général, un bar hipster decorado con objetos reciclados. Su entrada es el patio de una casa normal y al fondo encuentras a unos guardias que te reciben “dándote permiso” para entrar. Después de un oscuro pasillo nos encontramos con esta bodega ultra alternativa.

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Adentro cada rincón era un ambiente diferente, había un acuario, letreros viejos, un montón de suculentas, sillones del año uno, sillas rotas, un tocadiscos y la barra era la proa de un barco, como para que se hagan una idea.

Fue como ir a tomar a un basural con mucha onda y muy caro.


UNA TARDE EN MONTPARNASSE 

Montparnasse, a comienzo del siglo XX, fue un barrio de moda. Hoy, mantiene su encanto pero de una forma clásica.

Ese día almorzamos en La Closerie Des Lilas, restorán y piano-bar que visitaban artistas e intelectuales de diferentes épocas, como Henry Miller, Simone de Beauvoir, Ernest Hemingway o Vanessa Paradis. Ubicado en el Boulevard de Montparnasse, su entrada es como un jardín secreto. Adentro, la decoración era sofisticada, con sillones rojos y baldosines dorados.

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Pedimos el menú del día mientras una pareja en la mesa de al lado tenía su primera cita. Un hombre de más de sesenta años había invitado a salir a una mujer de alrededor de 30. La conversación de ellos era empaquetada y terrible así que me entretuve mucho oyéndolos.

La entrada del menú era un paté (foie gras) que flotaba en leche evaporada con frutillas. Suena asqueroso pero… estaba delicioso.  El segundo plato era roast beef con tallarines tipo tubitos con pesto y mayonesa, y el postre… no recuerdo. La pareja de al lado solo tomó café. Ignacio tuvo la sensación que el señor miraba nuestros platos insistentemente.

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Después de ese inolvidable almuerzo anduvimos hasta el cementerio de Montparnasse. Camino a él, encontré la casa de Simone de Beauvoir (con razón iba siempre a La Closerie Des Lilas, le quedaba al lado):

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El cementerio lo atraviesa una calle, partiéndolo en dos, como al ex Parque Intercomunal de La Reina. En él encontramos las tumbas de Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir (enterrados juntos ¿romántico o aterrador?), Susan Sontag, Charles Baudelaire, Julio Cortázar, Marguerite Duras, y un director de cine que no ubico llamado Éric Rohmer.

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En la búsqueda, Ignacio se hizo amigo de una pareja de italianos y de un extraño hombre francés, que tenía por hobby pasarse horas en los cementerios de París buscando tumbas. Era raro, pero nos fue útil ya que conocía la ubicación de todos los muertos.

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A la izquierda, el freak de los cementerios es el hombre con sombrero, los otros dos la pareja de italianos. A la derecha Cortázar. Leer Rayuela ¿placer culpable o permitido?

A pesar de estar bajo el sol, transpirando a punto de morirme yo también, lo pasé genial.


GOZANDO EN EL MARAIS

En Tripadvisor nos enteramos que existe un local que sirve los mejores falafels no sé si de París o del mundo, pero los mejores. Con Ignacio somos aficionados a este tipo de sándwich, así que fuimos hasta allá para comprobar esa información.

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L’As du Fallafel es un local de tamaño mediano ubicado en una calle con onda, sencillo y repleto de mesas ocupadas. La atención era rápida y el precio aceptable para los estándares de París.

Me pareció gracioso que en el menú dijera que el restorán estaba recomendado por Lenny Kravitz como sello de garantía. No tenía idea que él era una autoridad en lo que a falafel se refiere.

Las bolitas de garbanzos eran geniales y la masita estaba rellena con muchos vegetales como berenjena, cebolla, tomate y una salsa especial ¡Muy rico!

Otro día, andando por el Marais, nos acercamos a probar los mejores fideos chinos, según la guía Fooding 2016, revista que premia anualmente a locales de comida en diferentes categorías.

El nombre de la picada es Trois Fois Plus de Piment (Tres veces más de pimienta), un lugar enano y caótico. Logramos sentarnos sin esperar demasiado en una mesa compartida y pedimos nuestros noodles. El calor era infernal.

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Pedí mi sopa sin picante porque tuve miedo de que fuera más de lo que pudiera soportar, pero me trajeron ají en un pequeño pote. Bastó una gotita para que mi boca explotara en llamas. Estaban muy sabrosos, los maruchan nunca volverán a ser lo mismo para mi.

Al pagar en la caja Ignacio se puso a hablar con un señor chileno que estaba ahí comiendo. Se veía nervioso y hablaba de fútbol, yo venía saliendo del baño por lo que me perdí la mitad de la conversación y no entendí mucho qué estaba pasando.


EL PASEO PLANTADO Y LE TRAIN BLEU

Los últimos días cambiamos nuestra excelente ubicación en el barrio latino por una menos cool pero más tranquila en la calle Picpus, a las afueras de la ciudad. La historia es aburrida pero el departamento era de los papás de Hugo (nuestro primer Airbnb) y fue una oferta que no pudimos rechazar (por lo económica).

Algo desesperados por el aburrimiento de este barrio tan senior, Ignacio descubrió que al lado de donde estábamos había algo por conocer: La Coulée verte René-Dumont.

El Coulée verte etcétera, es un parque en altura. El jardín sigue el recorrido de un antiguo tren que en el pasado bordeaba París. En 1969 esa línea dejó de existir quedando toda su infraestructura abandonada. En 1993 el sector fue reinaugurado como un lindo espacio público en el cual puedes caminar en línea recta unos cinco kilómetros.

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Al comienzo estás más abajo del nivel del suelo y pasas por túneles y luego vas subiendo hasta que te encuentras caminando a la altura de un cuarto piso. Es misterioso y sorprendente. En él las personas trotaban, hacían pequeños picnic, fumaban, paseaban perritos o pololeaban.

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En este verde paseo grabaron parte de la película Antes del atardecer, en donde los dos protagonistas caminan largos minutos conversando sin parar.

Al llegar al final del parque, bajamos al nivel de la calle y empezamos a caminar hacia la Gare de Lyon. En ella se encuentra el mítico restorán Le Train Bleu, que queríamos conocer.

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Yo sabía que el restorán estaba en una estación de trenes por lo que me imaginé una picada tipo fuente soda. Pero no, el lugar tiene la apoteosis de un palacio. Data del año 1901, y a el iban personas como Coco Chanel, Salvador Dalí o Brigitte Bardot.

Quedamos negros, por supuesto, pero decidimos quedarnos. El lugar me impresionó más que los salones de Versalles, todos los techos tenían pinturas y les colgaban colosales lámparas, todas las paredes tenían adornos y básicamente, todo era dorado.


PARA TERMINAR, UN PASEO EN BARCO POR EL SENA

Había que hacerlo. Llevábamos semanas postergándolo, hasta que el último día fuimos hasta la torre Eiffel, que es a la altura del río desde donde parten las embarcaciones, y pagamos los 15 euros que costaba subirse a un barquito que navega por el Sena.

En él nos sentamos en el techo por así decirlo, las sillas estaban dispuestas como en una sala de clases. Todos los que estábamos eramos turistas y todos queríamos las mejores fotos. La hora era perfecta, pues estaba atardeciendo y el paisaje era espléndido. Pasamos por Notre Dame, D’Orsay, el Hôtel-Dieu de París, el Grand Palais, el Instituto del mundo árabe, el puente Alejandro tercero, y bueno, muchos lugares más.

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Por alrededor de una hora tuvimos una panorámica diferente con la tranquilidad de estar sentados simplemente mirando, algunos tomaban champaña y yo estaba tan relajada que hasta me empezó a dar sueño.

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Y así fue como terminaron mis inolvidables vacaciones en París, que no se acababa nunca hasta que llega el momento en que c’est fini. De ahora en adelante… ¿Me perseguirá París el resto de mi vida como decía Hemingway? ¡Quién sabe!


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“mamá por fa deja ir a meterme a la piscina plis”

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6 comentarios en “Últimas aventuras: París no se acaba nunca (literal)

  1. AndruPtoMontt dijo:

    Me encantan tus fotos a pies pelados o acostada hecha bolsa en un lugar mega importante jajajaj….. yo tengo una durmiendo siesta en Machu Picchu y todos me retaron ajjaja .. tenia sueño que le iba a hacer.

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  2. Panxito (@panxitotwit) dijo:

    Me encantó todo el relato parisino. Yo vivo en Amsterdam hace tres años y tengo una relación de amor con París. Me encanta mas que cualquier otra ciudad de este continente. Lo atribuyo un poco a haberla visto de escenario en tantas películas. Es cierto que tiene sus cosas feas como cualquier gran ciudad (muchos turistas, el metro es un asco y las calles pueden estar muy sucias) pero tiene tanta historia y cosas para ver que de verdad es imposible conocerla en un solo viaje. A la larga lista de atracciones que nombraste me gustaría agregar otros imperdibles: El Palais Garnier (Ópera de París) que debe ser el teatro de opera mas hermoso del mundo, algo así como una miniatura de Versalles, con mucho dorado y rococó. Se puede visitar casi todos los días y tiene un foyer y escalera increíble de lindo. El museo de l’Orangerie donde uno puede pasarse la tarde entera viendo los nenúfares de Monet. Y pa seguir con el necroturismo hay que visitar obligadamente el Panthéon que es un edificio gigante en el Barrio Latino que tiene las tumbas de personajes ilustres de la historia de Francia. Ahí se puede ver a Voltaire, Rousseau, Marat, Laboissiere, Victor Hugo, Emile Zolá, Alejandro Dumas, Saint-Exupery, Marie Curie, y un largo etcetera. Hay otros dos cementerios mas pequeños con personajes históricos: el de Montmartre que tiene las tumbas de Dalida, Degas, la dama de las camelias, Heine y Nijinski y el Cementerio de Passy que tiene a Manet y Claude Debussy pero que tiene la gracia de estar muy cerca de la Torre Eiffel y se pueden sacar fotos con las tumbas y la torre de fondo jaja.

    Au revoir!

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    • Carolina Pareja dijo:

      Hola Panxito.
      Pasamos por la Ópera pero no entramos, ídem con el Panteón, nuestro primer Airbnb quedaba a un par de cuadras de ahí y siempre decíamos “mañana pasamos” y ¡nunca lo hicimos! ajajajaja.
      L’Orangerie si me da lata no haber podido ir. En fin, muchas excusas para tener que volver a París algún día 🙂
      ¡Saludos!

      Me gusta

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